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Sobrevivir a Megadeth en Argentina

Una batalla entre golpes, lágrimas y gente sin aire para “despedir” a la Sinfónica del Colorado este jueves 30 de abril en Tecnópolis


Preocupado, antes de hacer “I don’t care”, Dave Mustaine preguntó: “¿Están bien?”. Nadie podría explicarle que durante “She wolf” una chica lloraba desde el piso, aterrada por ser aplastada. Desesperada y sin reacción, parecía que su cuerpo no le pertenecía. Apenas atinaba a pedir que la saquen, mientras sus piernas se perdían en una confusa imagen que mezclaba zapatillas sueltas, perdidas, aplastadas y rotas. Como pudo levantó sus brazos para que la salven. En un pogo hay violencia, pero también hay códigos. La banda pasa a ser un fondo. La prioridad, sacarla de ahí.

La compactadora humana del campo delantero empezó a operar con Against, cerca de las 20:30. El público ya estaba molesto, al límite por la demora de casi treinta minutos. Aún así, la banda impuso su set intenso sobre algunos silbidos. Sin demasiado discurso: somos Against, viva la patria y aguante Megadeth. Un anticipo de la versión extrema que vendría después.


El fan avezado ya sabe que el set no pasa de los 18 temas, si la moneda del humor del Colorado cae del lado favorable. Fueron 16. Un regalo (“Ride the lightning”), una joya que nunca habían tocado en Argentina (“Hook in mouth”) y los imprescindibles (“Peace Sells”, “Holy Wars” y “Symphony of destruction”). El pico máximo de vehemencia llegó con “Mechanix”: precisión quirúrgica y rudeza, además de la actuación implacable de Dirk Verbeuren, el delgado monstruo de la batería. Todos bien violentos, demoledores, sin lugar al ablande ni a bajar la intensidad. Un cañazo tras otro.

Este iluso de un metro sesenta y pocos creyó resistir la presión de la gente con tal de ver a Mustaine nuevamente de cerca. Duró seis temas. Cuando sonó “Dread and the Fugitive Mind”, ya estaba retrocediendo. Imaginé que así se habría sentido Jon Snow de Game Of Thrones durante la “Batalla de los bastardos”: cuerpos contra cuerpos, el aire que no alcanza, una fuerza imposible que empuja y aprisiona desde todos lados. Acá no había caballos ni espadas, pero sí esa misma certeza: si caés, puede ser fatal.

“¿Para qué vienen al campo si al primer tema ya quieren salir?”, dijo uno. Y la cosa es simple: la gente va a perder. Ser argentino e ir a ver a Megadeth no se vive a la ligera, es una misión cuya vara siempre está alta. Vas a dejar que la música te rompa la cabeza o te la rompés en el pogo. Por eso se parece a una batalla donde se asume todo tipo de riesgos.


El fanático del metal acepta la
compactadora humana que no lo deja respirar, quedar al borde del desmayo, los codazos y las piñas, el riesgo de robo o de quedarse varado hasta quién sabe cuándo. Lo acepta todo por ese instante en el que mira a un desconocido, grita que la paz se vende pero quién la compra y se funden en un abrazo vestido de negro. Acepta pasarla mal un rato por volver a gritar “¡Aguante Megadeth!” junto a treinta mil personas que sienten lo mismo.

Fue un show sin señales de ser un adiós. Nada extraordinario, con la intensidad de siempre. Sabemos que el final está cerca, pero todavía hay hilo en el carretel. Una vez terminada la batalla de Tecnópolis y la despedida que no fue, comenzaba la parte más difícil: la de volver a casa.

Había quedado en encontrarme con dos amigos al final del show. A Leo lo ubiqué en una estación de servicio. De Alesis no supimos nada hasta la madrugada: le habían robado el celular y quedó incomunicado. Con Leo amagamos tomar el 21, pero tenía que encontrarse con el amigo con el que había ido. Nos separamos. Llegó a La Noria cerca de las dos; todavía le quedaba un tramo más. Yo seguí solo.

Después de un recital, lo que debería ser un viaje normal pasa a ser una peregrinación. Tiziano perdió su celular durante la hora y media que la bestia liderada por Dave Mustaine devoraba a un público hostil e impacientado.. Sin manera de pagar nada ni cómo avisar dónde estaba, solo le quedaba caminar indefinidamente hasta que algo o alguien lo sacara de Villa Martelli y lo devolviera a su barrio. 

Con este agradable sujeto nos encontramos del otro lado de General Paz, en Saavedra. “Tengo que ir para la zona de Caballito o Chacarita”, dijo. La pregunta no solo era cuál bondi lo dejaba, sino cuándo. Todas las líneas pasaban de largo, explotadas de gente. Aún así podía preguntar, pedir indicaciones, confiar en alguien que estaba apoyado en un árbol, sobre Avenida De Los Constituyentes e Iberá, a casi dos kilómetros del predio. El éxodo metalero había empezado para todos.

Casualmente íbamos para el mismo lado. Pensé en tomar una moto, pero no quise cortarme solo. Se ofreció a registrar su tarjeta en mi cuenta de Uber y pagar el 100% del viaje, porque se sabía los números de memoria, pero el plástico había vencido. A cambio solo pidió una cerveza. Era una prueba total de confianza, aunque nos caímos bien. Créanme que, de lo contrario, me hubiese tomado esa moto.

El 110 que va de Martelli hasta Facultad de Derecho fue el salvavidas. Pasaron dos; no pararon. El tercero traía menos gente. Frenó y nos subimos. Él llegaría a su casa y yo tendría apenas unos 15 minutos más de viaje, desde una zona conocida. Ambos conocíamos los riesgos y fuimos igual, volveríamos como sea. Salimos de una lucha y entramos en otra. 

Volver, también era parte del recital.



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