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Winona Riders, el sonido de una revolución

En menos de un segundo, una jornada que aparentaba tranquila, relajada y hasta aburrida, se tornó en un huracán de jóvenes extasiados que saltaron de sus butacas con el primer acorde de “APT (American Pro Trucker)”. Minutos antes un hombre de prevención iba avisando a quienes estaban sentados en los escalones del anfiteatro de Parque Centenario, que no podían estar allí; menos de una hora después, algunos saltaban desde el escenario hacia el público.


El show se dio en el marco del festival Sonido Inminente, la noche del sábado 5 de octubre en el Anfiteatro Eva Perón. El evento organizado por Estudio Urbano trajo a Desvío y Winona para que tocaran ante unas 1600 personas. La primera de ellas, definida como una banda queer, logró terminar su presentación a pesar de algunos desperfectos técnicos que provocaron que no saliera el sonido por los parlantes. Desvío llevó su gente y hasta se animó a reversionar “Yo te diré”, el clásico pop de Miranda, pero en un tono más dramático.


Al término del cuarteto queer, llegaron los muchachos de zona oeste, que apenas hora y media atrás se los podía encontrar a un costado de la fila, entre la gente, charlando y vendiendo remeras con el logo del grupo. Con el primer tema, automáticamente un aluvión de chicos y chicas de unos veintitantos (y menos también) corrieron al borde del escenario improvisando un campo que, en teoría, no debía existir. Rompieron filas y todo el orden que se pretendía establecer desapareció, concentrando el caos en unos pocos metros. “Catalán” y “Dopamina” siguieron para envalentonar cada vez más a la marea rebelde que el equipo de prevención no podía ni sabía cómo detener.


Tampoco faltó la oportunidad para los temas nuevos. Winona se encuentra grabando su tercer disco de estudio y “Hondart”, el cuarto tema que sonó el sábado, fue uno de los que vieron la luz en YouTube a modo de demo y en presentaciones en vivo. Sin embargo, los movimientos tras bambalinas y los diálogos internos denotaban que algo se venía. Y así fue: “Está la policía en la puerta. Último tema”, anunció Ariel Mirabal, cantante y guitarrista de la banda. Si bien no se comunicó el motivo oficial, se pudo deducir que se debió al descontrol y al intenso agite del público, cuando las instalaciones no estaban preparadas para tal fenómeno.


“No hay nada más en mí”, “Resurrección” y “Abstinencia” fueron los temas que quedaron afuera, para pasar sin escalas a “V.V”, una de las canciones nuevas que se postula como futuro himno, dedicada a la actual vicepresidente Victoria Villarruel. El show que en principio duraría una hora, tenía que terminar. O al menos eso se suponía. A partir de ese momento, todo cambió para los fans, quienes sintieron una provocación directa que no les iba a pasar desapercibida. Desobedecer, en cierto punto, los ennoblece. Y eso hicieron.

De pronto no eran uno ni dos los que subían al escenario. Eran tres, cuatro, uno tras otro corriendo por la tarima y jugando a esquivar la seguridad que intentaba detenerlos. La decisión de acortar el show se había tomado como una declaración directa de guerra y todos los cañones de la gente apuntaron contra la organización. La reacción llegó a su punto cúlmine sobre el repentino final, cuando arrancaron una valla publicitaria a los tirones y luego jugaron con ella como si fuera un trampolín.


Hace unos meses Winona Riders afirmaba que no vinieron a salvar nada, en alusión a la idea de ser “los salvadores del rock”. Para respetar su declaración y, quizás, acercarnos a otra concepción: podemos decir que son la prueba fehaciente de que el rock sigue vivo, sobre todo en términos simbólicos y de espíritu. No les importa lo establecido; no les preocupa las ventas o las ganancias; su prioridad es hacer la suya, un mandato que los une de manera recíproca con un público que no pide perdón.

La banda coronó este show bíblico con “D.I.E (Dance In Ecstasy)”. La muchachada bailó, gritó y destrozó al ritmo de la distorsión y las dos baterías de Fran Cirillo y Alan Mansur. Cuando la patota terminó de copar el escenario, el personal de prevención entendió que había perdido la batalla; prevaleció la actitud y la expresión.

Winona Riders se define como la expresión más arrogante del momento y no deja que nadie más moldee su camino. Quieren lo que hacen; hacen lo que quieren y lo que sienten. Trae de vuelta esa energía rebelde que siempre caracterizó al rock. Funcionan como un catalizador de esas reacciones que están pendientes de explotar en su gente. Así suena la revolución de un grupo que no tranza con nadie. No vienen a salvar nada; vienen a confirmar que quieren todo y mucho más.

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